El trabajo propiamente cinematográfico del veterano Armando Robles Godoy está integrado en sí, por seis largometrajes y más de una veintena de cortos, los cuales, en su mayoría, fueron realizados durante el régimen militar de Velasco, quien promulgó la famosa “Ley de Cine”. Su primer trabajo a mediados de los años ’60 “Ganarás el pan” mostró un tipo de cine vanguardista jamás antes visto dentro de nuestra cinematografía peruana que marcaría la orientación que le daría a sus películas.
Hasta ese momento, el interés por hacer del cine una forma de expresión personal, con una vocación autoral dada por sentado hasta en el más mínimo detalle, había sido dejada de lado por los empeños de crear industria, tomando como modelos los casos de México o Argentina.
A continuación, daremos un breve repaso por sus largometrajes, exceptuando su ópera prima, la cual es difícil de encontrar en la actualidad.
En la selva no hay estrellas (1967): Dentro de esta historia que trata sobre el recorrido, tanto mental como físico, que realiza un hombre (interpretado por el argentino Ignacio Quiroz) por encontrar su anhelado botín, el cual se encuentra perdido por los rincones de la selva peruana; ya se deja ver el interés de Robles por dar cuenta de su particular percepción de la realidad de su país y devenida en una sucesión de imágenes que evocan el orden perdido del mundo, que se restablece en la moraleja final.
La muralla verde (1970): Esta es una de las películas más interesantes que se han hecho en Perú. A partir de sus remembranzas de la época en que se mudó con su familia en calidad de colono, Robles Godoy se crea una película sembrada de sugerencias visuales y sonoras, trabaja los tiempos muertos y se luce en algunas resoluciones fílmicas sorprendentes, que se pueden apreciar especialmente en la parte culminante.
Espejismo (1972): En un pueblo iqueño donde solo quedan algunos vestigios de lo que fue una gran plantación de uvas perteneciente a una familia de terratenientes, su realidad e historia es descubierta poco a poco por un niño abandonado entre esas ruinas. Aquí podemos ver como Robles asienta sus procedimientos preferidos, tales como elipsis temporales, flashbacks, imaginería impactante, ecos de Resnais, Sjoberg, entre otros. Algunas escenas tienen atractivos pero de forma suelta, desperdigada, antes que el todo borroso y lleno de misterio que pretende desde la figura misma del leitmotiv visual de la película: las imágenes del hombre que corre en alguna parte del desierto perdido en el tiempo.
Sonata soledad (1987): Es el reencuentro de Robles con el largo después de varios años, solo se llegó a estrenar en la sala de la Filmoteca de Lima, quince años después de Espejismo. Acá Robles radicaliza mucho más sus procedimientos e intereses expresivos, aunque casi siempre rozando la extravagancia y la nulidad. Compuesta por tres partes, que hacen las veces de pretendidas piezas musicales, “Sonata soledad” muestra a Robles Godoy dando incierta cuenta de los fantasmas de su vida y trayectoria, tanto en la niñez, como en sus relaciones afectivas, o en sus trances con el cine.
Imposible amor (2003): Para ser una película que se pretende testamentaria (donde Robles Godoy suma todos sus puntos de vista y obsesiones de toda la vida), es realmente infame. “Imposible amor” no pasa de ser un tremendamente fallido ejercicio, que narra de forma circular diversos episodios relacionados con sus ideas sobre la religión, el cine, la crítica, los artys, etc. Es imposible evitar hablar de este trabajo como un naufragio total, como el verdadero laberinto sin salida al que ya se había estado aproximando en su cinta previa.
La sentida partida de Robles Godoy es una gran pérdida dentro del ambiente cinematográfico peruano, pero tenemos certeza de que su legado será recordado por su carácter controvertido e imprevisible, ese carácter que de alguna forma u otra generó una escuela que todavía está por descubrirse en todas sus facetas.
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