martes, 23 de noviembre de 2010

Mi testimonio decía así

Tenía apenas 17 años cuando salí  del colegio en el año 2004, cuando tuve que emprender una aventura no tan gloriosa en mi vida. Había ingresado a la Universidad del Pacífico por primera opción a la carrera de administración, más por presión familiar que por motivación propia. Ya me había mudado de la casa de mis padres a un departamento ubicado en las frías calles de Jesús María.

Fueron dos años de estudios desastrosos entre rojos y resacas acompañados de un sentimiento de incomodidad constante. Y claro como no iba a suceder si cada mañana que me levantaba para ir a clases, en los peores horarios y con huecos prolongados e incoherentes, rondaba por mi cabeza: “¿Qué carajo estoy haciendo hago en esta prisión? Si esto no es lo que me gusta” Así pasé casi 4 ciclos en la universidad, el último lo abandone porque ya no podía más, hasta que conocí a una persona que cambiaría mi vida por completo y me ayudo tomar fuerzas para superar este dilema existencial.

Su nombre era Yasmin León la había conocido poco después de empezar este tormentoso pasaje en mi vida. Fuimos amigos, mejores amigos, enamorados, novios, ex, y ahora de nuevo mejores amigos. Es sorprendente, y yo soy el más asombrado, después de 5 años haber pasado por lo que pasamos fue una experiencia inolvidable. Pero bueno fue esta chica la que me ayudo a seguir mi vocación periodística y me dio valor de enfrentar a mis papás, lo que causó el inmediato repudio de ellos hacía ella, para decirles que me quería cambiar de universidad y de carrera. Mi infortuna propuesta causo un revuelo en la casa de mis papás, en especial por lo miles de soles botados al agua, pero al final terminaron accediendo a regaña dientes.

Fue entonces, y con la invalorable ayuda de Yasmin, que busque una universidad y decidí que sería la de Lima, en la carrera que me apasiona que es el periodismo. Sin duda, revisando aquellos momentos recuerdo mi cara de felicidad cuando ya veía la currícula de mi futura universidad, y que por fin no tendría que estar en la ratonera que es la Universidad del Pacifico. En esos momentos sentía que ya mi vida tendría otro rumbo y que podría reivindicarme por mi falta anterior, un peso que el día de hoy no es más pesado que el de una pluma.

Ya era el año 2007, había postulado e ingresado a la Universidad de Lima, a mi parecer la mejor en periodismo y la más completa en Ciencias de la Comunicación, claro siempre y cuando uno sea aplicado. Desde que pisé la universidad sentí otra vibra, como un “yo” interior que me decía “Tú puedes”. Sentí un cambio de actitud en mi que no había sentido antes: las ganas de estudiar y sacarme la mugre no eran dolorosas, sino que más bien todo lo hacía con gusto y siempre con ansías de saber más.

Ciclo tras Ciclo, hasta el 9no que me encuentro ahora, he tenido grandes profesores de los que aprendido mucho y de los que valoro lo enseñado, así como hay otros que en el olvido deben quedarse. Entre los buenos, por ejemplo, jamás me olvidaré del profesor Medicini y las largas conversaciones económicas que nada tienen que ver con comunicaciones, pero que en mí significaba un éxtasis profundo; o el profesor Rivadeneyra que fue el primero en abrirme los ojos y enseñarme que no todo en la vida es bonito y que hay otras personas que sufren mientras nosotros estamos felices; o Chacho, con su voz inigualable, y nuestros incansables comentarios cinéfilos. Sin embargo, siempre hay varios que malogran la película, pero solo mencionaré a uno al cual le guardo todo el rencor del mundo, y eso que no me jalo, su aborrecible apellido Aguilar y sus perfeccionismo en narrativa, sin ni siquiera haber dirigido ninguna producción en su vida.

Después de 7 magníficos ciclo en la universidad, con notas altísimas y buen puesto en el orden de mérito, no me fue nada difícil encontrar prácticas: estas fueron en El Comercio, el diario (ahora, grupo) de la longeva familia Miro Quesada. ¡Qué provechosa fue aquella experiencia! Aprendí de la A a la Z del mundo periodístico y todo lo que acontece en la redacción de un diario. Aún sigo agradecido, aunque con las justas el pago solo me alcanzaba para mi taxi, porque como bien dicen diversos autores el verdadero periodismo se aprende con experiencia y no con libros y teorías.

Hoy en día, a puerta de egresar de la universidad, me siento muy bien conmigo mismo y con la decisión que tome hace unos años, claro con la ayuda de la incondicional Yasmin. Ahora solo me queda esperar que me depara el futuro, por mientras solo se que mi destino está en el exterior, ya que estudiaré dos años en el Postgrado de la Universidad de California de Columbia. Ojo, eso no quiere decir que no vaya a regresar porque al año que termine esta aventura americana regreso al Perú para ejercer la labor que más me apasiona en este mundo: el periodismo de investigación.

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